sábado, 2 de abril de 2016

Baraja del buen viajero

Como tantos amantes del tarot también soñé durante algún tiempo con pintar una baraja; comencé a elaborar esta a finales del 2010 durante un agitado periodo personal. No consideré un propósito atractivo imitar alguna versión del tarot, debía ser algo más próximo aún; me propuse encontrar símbolos y arquetipos relacionados con situaciones que, una y otra vez se repitieran en mi vida, en realidad no muy distintos de los que puede encontrar cualquier otra persona: el amor, la vida, el fuego… Empecé por escribir listados de lo que se me iba ocurriendo, a cotejarlos con distintas barajas y dibujar bocetos, pero las decisiones sobre cada carta, su composición visual y el material simbólico, siempre dependieron de una afinidad con lo sensible, no sólo del cálculo intelectual; así pintar cada una se convirtió en una experiencia interior, y el conjunto en una montaña rusa de más de quince meses. Desconocía el plan general de la obra: podía aparecer como una suma de fragmentos significativos y combinables según su propósito, o bien como sólo pude ver al final, había una articulación orgánica en aquel aparente desorden. Para ordenar las cartas de la primera a la última, seguí un criterio evolutivo y jerárquico respecto a la conciencia, cuyo resultado coincide con el mito del héroe: La historia más antigua jamás contada al decir de Joseph Campbell, y la idea vertebral del tarot. Pensaba en hacer los ladrillos y salió una casa.